Leyendas urbanas y rurales.
Bienvenidos a éste mi primer artículo, de mi primer blog.
Comienzo proponiendo un tema que nada de novedoso tiene pero del que me gustaría conocer vuestra opinión, aquello que se ha venido en llamar "leyendas urbanas". Nadie sabe cómo ni de donde surgen, (son algo parecido a los concejales de urbanismo), pero el hecho es que ahí están.
Haciendo memoria, recuerdo que la primera leyenda urbana que me creí, y en la que participé activamente era la siguiente: si juntabas un kilo de envoltorios de plástico de los que traen las cajetillas de tabaco te regalaban algo... que no consigo recordar. El que suscribe, junto con la pandilla de amiguetes de veraneo, llegó a juntar varias bolsas de los susodichos plastiquillos, allá por los años ochenta y tantos, haciendo una tarea recolectora de indudable interés ecológico pero que terminó cuando me di cuenta de que no sabía a dónde había que mandarlo, y me dio por preguntar en un estanco, recibiendo por respuesta una sonora carcajada del puto estanquero.
Os animo a que conteis vuestras leyendas urbanas (o rurales), y si os las creisteis e hicisteis el ridículo como el menda lerenda, mejor.
Saludos cordiales desde la curva de la chica.
7 comentarios
María -
"Sentimiento de Culpa. Vittorio Messori"
Al cabo de tres días de fatigoso viaje en común, Léo Moulin, de ochenta y un años, aparece fresco, elegante, atento y tan cordial como siempre. Moulin, profesor de Historia y Sociología en la Universidad de Bruselas durante medio siglo, autor de decenas de libros rigurosos y fascinantes, es uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa. Es quizás quien mejor conoce las órdenes religiosas medievales, y pocos sienten tanta admiración por la sabiduría de aquellos monjes como él. A pesar de haberse distanciado de las logias masónicas en las que militó («A menudo -me dice- afiliarse a ellas es condición indispensable para hacer carrera en universidades, periódicos o editoriales: la ayuda mutua entre los "hermanos masones" no es un mito, es una realidad aún vigente»), sigue siendo un laico, un racionalista cuyo agnosticismo bordea el ateísmo.
Moulin me encomienda que repita a los creyentes uno de sus principios, madurado a lo largo de una vida de estudio y experiencia: «Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar.»
Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas laicos: «Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo, hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo (agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto. Pero si en algún caso lo es, también es cierto que, tras un balance de veinte siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas. Luego, ¿por qué no pedís cuentas a quienes os las piden a vosotros? ¿Acaso han sido mejores los resultados de lo que ha venido después? ¿Desde qué púlpitos escucháis, contritos, ciertos sermones?» Me habla de aquella Edad Media que ha estudiado desde siempre: «¡Aquella vergonzosa mentira de los "siglos oscuros", por estar inspirados en la fe del Evangelio! ¿Por qué, entonces, todo lo que nos queda de aquellos tiempos es de una belleza y sabiduría tan fascinantes? También en la historia sirve la ley de causa y efecto...»
Pienso en el historiador de Bruselas mientras atravieso en coche, la periferia de Milán una mañana cualquiera. Aquí, como en toda periferia urbana, un Dante contemporáneo podría ambientar uno de los círculos de su infierno: ruidos ensordecedores, olores mefíticos, montones de escombros y desechos, aguas envenenadas, aceras obstruidas por vehículos aparcados, escarabajos y ratas, cemento enloquecido, briznas de hierba tóxica. Por doquier adviertes la ira y el odio de unos contra otros: automovilistas contra camioneros, peatones contra motorizados, compradores contra vendedores, septentrionales contra meridionales, italianos contra extranjeros, obreros contra patrones, hijos contra padres. La degradación se instala en los corazones mucho antes que en el ambiente.
Al fin, la meta: el gran monasterio, la antigua casa religiosa. Aliviado por librarme del coche atravieso el portón. De golpe, el mundo cambia a mi alrededor. Un gran patio de una antigüedad de siglos, cerrado en todos sus lados por un soportal, sosiega el ánimo con la armonía de sus arcos. El silencio, la belleza de los frescos, el ritmo de las edificaciones, la frescura de las sombras. Más allá del patio se ve un amplio jardín, último reducto en cuyos árboles se ha refugiado todo lo que sobrevive o vuela en la tierra desolada de las inmediaciones. La hospitalidad de los religiosos te hace sentir que esa gente, pese a todo, intenta hacer el bien y cree que todavía es posible amar.
Con una mezcla de ironía y angustia, pienso en la venganza de la historia de los últimos dos siglos, poblados por gente diversa pero unida por un furioso intento de suprimir los signos cristianos, empezando por las congregaciones religiosas; por la necesidad de destruir con éstas esos lugares de paz y belleza, vistos como inmundos rincones de oscurantismo, anacrónicos obstáculos en la senda sobre la que edificar el soñado «nuevo mundo».
Ahora, más allá del muro que resguarda el jardín, tenemos el fruto del radiante mañana prometido. Jamás el mundo, en nombre de la humanidad, se volvió más inhumano. Se han truncado las expectativas: la realidad y la esperanza de un mundo más habitable perduran -pero ¿por cuánto tiempo?- en estos residuos religiosos que han sobrevivido (por milagro, por azar, por obstinación de los cristianos, que resurgen cada vez que son eliminados) a la furia de los «iluminados». Sus hijos y nietos se refugian también aquí para lamentarse de todo cuanto se ha perdido. Y para alegrarse de que se haya salvado algo de la rabia de los destructores.
Si por el fruto se reconoce al árbol, quizá haya que extraer alguna conclusión de ello, aunque sea para proseguir con la admonición de Moulin, el viejo historiador agnóstico, a los creyentes: «causa y efecto...». También nosotros tenemos nuestros esqueletos en el armario; y ojo con querer disimularlo. La realidad cristiana siempre mezcla lo divino con lo humano; la Iglesia es casta et meretrix, según sentencian los Padres. Y así son y fueron siempre sus hijos. Pero miremos también a nuestro alrededor, ya no tan avergonzados e intimidados. La caridad no es posible sin la verdad; para nosotros y para los demás.
Juan -
Frezdo -
Así, el concepto de urbano, limita la leyenda a una fabulación quasi-estúpida a través de temas atractivos para las masas más ignorantes, como son los tabúes sexuales (quién no recuerda a Ricky Martín en el armario con el foie gras), articulando algún hecho o hito que busca la mofa o chanza o la simple búsqueda de beneficios económicos, lo que ya roza la estafa.
¿Dónde quedan las verdaderas leyendas de trasgos, xanas o diaños?
¿Qué sabemos del ventolín, del espumeru, de la zamparrampa o de la güestia?
¿No son mejores las leyendas de ayalgues escondíes y jóvenes doncellas que las custodian?
A quién queremos engañar: ¡ya no quedan doncellas!
Barbas123 -
Juan Rey -
Almudena, por Dios, me escandalizas¡¡
Lo de la ceguera no es una leyenda urbana, y si yo a mis ventipocos años conservo esta visión de lince es porque jamás caí en el nefando vicio de onán.
Puestos a rememorar, en la pre-adolescencia, recuerdo vivamente la primera vez que vi un preservativo. Lo trajo uno chico de clase que se lo había robado a su tío, y aunque no era mi caso, (que ya era muy espabilao por aquellos entonces), hubo chicos, y sobre todo chicas, que no se atrevieron a tocarlo, y que se escandalizaron cuando se abrió porque en su inocencia, oyendo campanas y no sabiendo dónde, pensaban que con aquello te podía entrar el SIDA, que era una cosa muy mala que tenían los drogadictos.
En cuanto a los hosteleros, no les falta razón en el tema de la crisis, y deberían estar agradecidísimos al que suscribe y unos cuantos más, que haciendo un esfuerzo para mantener el sector servicios al alza, hemos aumentado nuestro gasto en bebidas espirituosas, sacrificando nuestros principios en aras al sostenimiento de tan importante sector de la economía española. Saludos cordiales, buenas tardes y buena suerte.
P.D. Si alguien conoce a la chica "heraldo de la libertad" de la que habló Rajoy en el debate, que me la presente, que la invito a un cubata.
ALMU -
Otra leyenda urbana. Esta sale hoy en los medios de comunicación asturianos y está difundida por Alfredo Quintana, Presidente de Hosteleros de ASturias. Dice así: "Es leyenda urbana que el tomarte una copa por la noche sea caro". Dios mío!!! Que el botellón no es por eso, y que los hosteleros se están arruinando por los controles de alcoholemia y por la ley antitabaco (que no anti-fumadores).
Si es que, leyendas urbanas aparecen todos los días
nikolai -